
Polémicas de Brandon Judd abren debate sobre los efectos de su estilo diplomático en Chile
Las sucesivas intervenciones públicas del embajador de Estados Unidos en Chile, Brandon Judd, abrieron una controversia sobre los límites de la representación diplomática y las consecuencias que podría tener su estilo directo y confrontacional para la relación entre ambos países.
La polémica comenzó luego de que Judd afirmara que antecedentes de inteligencia estadounidense vinculaban a organizaciones de izquierda con hechos de violencia ocurridos durante el estallido social de 2019.
Sus declaraciones llevaron al Ministerio de Relaciones Exteriores a citarlo para entregar explicaciones. Posteriormente, el embajador aclaró que Estados Unidos no había realizado una investigación propia sobre esos acontecimientos, sino que sus afirmaciones se apoyaban en información disponible en fuentes abiertas.
La precisión no cerró el debate. Después de reunirse con el canciller Francisco Pérez Mackenna, Judd volvió a abordar asuntos internos y defendió públicamente su manera de responder ante las diferencias con las autoridades chilenas. Según aseguró, esa conducta “no va a cambiar”.
Una ruptura con las formas tradicionales
Isidora Puga, analista especializada en Estados Unidos y académica del Instituto de Historia de la Universidad de los Andes, considera que la conducta del embajador se aparta de los códigos diplomáticos habituales, aunque introduce una distinción entre la forma y el contenido de sus intervenciones.
“Este es un estilo que rompe el código diplomático tradicional en la forma, aunque no necesariamente en el fondo, porque los embajadores han opinado siempre sobre la política interna de sus países anfitriones a lo largo de la historia”, explicó.
La particularidad del caso, añadió, está en la combinación de comentarios directos sobre asuntos nacionales, el uso de las redes sociales como canal principal y la trayectoria del representante estadounidense.
“Judd no es un diplomático de carrera, y eso es súper importante considerar”, afirmó Puga.
Antes de asumir como embajador en Chile, Judd trabajó durante cerca de 30 años en la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos y posteriormente encabezó el sindicato de esa institución. Su perfil se distancia, por lo tanto, de la formación y experiencia habituales dentro del servicio exterior estadounidense.
De la conversación reservada a la presión pública
Para Puga, el problema no radica necesariamente en el empleo de plataformas digitales, sino en la finalidad que estas adquieren dentro de la relación diplomática.
“Lo primero, de nuevo, es un cambio de medio. Lo segundo, por otra parte, es un cambio de método diplomático”, señaló.
La especialista distingue entre utilizar las redes sociales para informar y recurrir a ellas para exponer unilateralmente el contenido de una reunión reservada, especialmente cuando esa publicación puede convertirse en un mecanismo para presionar a una autoridad o instalar una determinada interpretación ante la opinión pública.
Como antecedente mencionó la controversia de febrero por el proyecto de cable submarino con China. En aquella oportunidad, una diferencia sobre una política pública salió de los canales reservados y derivó en una exposición pública e individual de las autoridades involucradas.
A juicio de la académica, este comportamiento no puede ser entendido únicamente como una particularidad personal de Judd. También se relacionaría con la política de nombramientos del segundo gobierno de Donald Trump, marcada por la selección de representantes basada en la lealtad política y la sintonía con el discurso de la Casa Blanca.
Puga puntualizó, de todas maneras, que “la diplomacia pública confrontacional no es exclusiva de Washington”, pues otros gobiernos también han empleado la exposición mediática y las redes sociales como instrumentos de presión internacional.
El costo de las rectificaciones
La aclaración posterior de Judd sobre sus afirmaciones relacionadas con el estallido social no necesariamente debilitaría su posición de manera inmediata. El mensaje original alcanzó una amplia difusión y cumplió una función política y comunicacional antes de ser corregido.
Sin embargo, la reiteración de episodios semejantes podría terminar afectando su autoridad como interlocutor.
“Cada vez que una afirmación categórica es corregida, días después, se acumula un costo de credibilidad”, advirtió Puga.
Ese deterioro podría provocar que futuras declaraciones del embajador sean recibidas con mayores reservas tanto por el Gobierno como por el Congreso y la opinión pública. También podría dificultar el tratamiento reservado de las diferencias entre Santiago y Washington si las autoridades chilenas perciben que las conversaciones diplomáticas pueden terminar expuestas como una herramienta de presión.
El estilo de Judd puede asegurar visibilidad y permitir que los mensajes estadounidenses lleguen directamente al debate público. Pero también corre el riesgo de convertir cada discrepancia en una controversia política, erosionar la confianza entre las partes y reducir el espacio disponible para una diplomacia discreta, especialmente cuando están en juego asuntos sensibles de la relación bilateral.
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